El asesino desorganizado (Ensayo de Marco Aurelio Denegri)

agosto 20, 2011

La pérdida de los controles instintivos
Niko Tinbergen, científico de renombre mundial, ha dicho que el hombre es un asesino desorganizado, queriendo significar con esto que el hombre carece de las barreras naturales instintivas que impiden al animal matar a sus congéneres. Carencia que lo obliga a la creación de disuasivos —normas, leyes, preceptos y mandamientos—, que no tienen por cierto la eficacia de los frenos e inhibiciones que dio natura al resto de los animales.1
En el comportamiento agonístico o agonal de los animales, esto es, cuando luchan o pelean (agón, en griego, significa lucha, combate, y por eso se dice agonía de la lucha postrera de la vida contra la muerte); repito que en el comportamiento agonístico de los animales, un gesto de sometimiento, de humillación, pone fin a la contienda. No bien reconoce uno de los contendores su derrota, muestra al adversario su punto más vulnerable. Los cuervos y otras aves ofrecen la parte posterior de la cabeza; los perros y los lobos la garganta. En el mismo instante del ofrecimiento, el vencedor debe interrumpir la lucha, y la interrumpe. Una inhibición propia de su especie le impide dar el mordisco fatal. De esta manera, el más fuerte se impone, pero el más débil sobrevive. El hombre, en cambio, carente de tal inhibición automática, da el mordisco y mata al rival.
La significación de las armas

La pérdida de dicho control, según Lorenz, se debió al uso de las primeras armas, que permitieron al ser humano actuar con una rapidez mayor que la del instinto, de modo que la inhibición de matar ya no fue eficaz.
Con el perfeccionamiento de las armas, el hombre pudo matar a distancia y, además, sin ser visto por el enemigo. Pero no sólo eso: pudo matar también —y esto es importantísimo— con impunidad emocional. El asesino que tira, por ejemplo, un misil de un continente a otro, no vive directamente las terribles consecuencias que ocasiona.2
Para sentir plenamente, emocionalmente, lo que significa matar, hay que hacerlo sin armas. Si un fin de semana fuésemos a cazar conejos y tuviésemos que matarlos con los dientes y con las uñas, y sintiésemos cómo se defiende el conejo, y cómo le brota la sangre, y todo el esfuerzo que hay que hacer para finiquitarlo, entonces viviríamos realmente, sentiríamos profundamente, lo que es matar. Pero no, nosotros no hacemos eso; vamos con la escopeta y le disparamos a cien metros. Así no sentimos nada.
El camino de la maza a la bomba atómica es en realidad la trayectoria de una desinhibición. Perdido el control instintivo que impide matar al contrincante, surgió la posibilidad de matarlo innecesariamente. El hombre mata por gusto y se complace en ello. También es el único animal que se ensaña, esto es, que se deleita en causar el mayor daño y dolor posibles a quien ya no está en condiciones de defenderse. El hombre, ha dicho Rolf Denker, no puede comportarse como un animal sino con mayor bestialidad que cualquier animal.
Hacker y la agresión

Sobre la agresión y la violencia de la especie humana se han publicado varias obras, pero acaso ninguna tan importante, quiero decir, como obra de conjunto, salvo posiblemente la de Erich Fromm (aludo a su Anatomía de la Destructividad Humana); ninguna, repito, tan importante como la de Friedrich Hacker titulada Agresión, con prefacio de Konrad Lorenz. Tiene muchas páginas, quinientas cuarenta y ocho páginas, pero así mismo muchas ideas y opiniones interesantes. Transcribo inmediatamente algunos lugares significativos.
“Definimos la agresión como la disposición y energía humanas inmanentes que se expresan en las más diversas formas individuales y colectivas de autoafirmación, aprendidas y transmitidas socialmente, y que pueden llegar a la crueldad.”
“La violencia no se identifica con la agresión: la violencia es la manifestación abierta, manifiesta, ‘desnuda’, casi siempre física de la agresión.”
“Factores hereditarios específicos, innatos, genéticos, influencias psicológicas y culturales, estructuras del sistema nervioso, y también hormonas y modelos sociales, en su interacción e interferencia, determinan el fenómeno de la agresión.”
“El amplio espectro de la agresión va de la actividad a la destrucción: de la agresividad sintomática, como pérdida de freno sobre procesos conscientes e inconscientes en todos sus matices, a la agresión como estrategia planeada; de la estructura organizada a la violencia.”
“La falsa apreciación propagandística e ideológicamente errónea de que con la violencia no se puede cambiar nada realmente, es contradicha por la observación histórica, psicológico-social y política. La violencia no sólo es eminentemente transformadora de la realidad y realmente eficaz, sino que determina en un grado cada vez mayor el fondo y la superficie de la realidad moderna. Con la técnica de la llamada polarización —sólo existen aliados y enemigos, y el que no está conmigo está contra mí— se consigue la esquematización, que es una de las premisas de la violencia.”
“Me veo obligado a destacar que no sólo la agresión sino la misma violencia en determinadas circunstancias (aunque más escasas de lo que hoy se cree) pueden tener un valor ‘positivo’ y lo destaco porque precisamente se puede abusar de este valor positivo (que es raro y raras veces inevitable) como modelo de justificación para las muchas formas de violencia superfluas, evitables y manipuladas.”
“A la larga, el uso de la violencia es una pobre estrategia, porque sus éxitos iniciales, al llamar la atención y al obtener un carácter público, inducen a la repetición, la embotan y provocan la antiviolencia, la escalada de la violencia y el embrutecimiento general.”
“Es muy dudoso que el principio de la no-violencia pueda tener eficacia sin la personalidad carismática de un guía y, sobre todo, sin la previa traslación de los antagonismos a un terreno de ´caballerosidad’; un Estado totalitario no habría tolerado las privaciones que se impuso Gandhi ni les habría dado publicidad.”
“En un mundo polarizado, fanatizado, obstinado en la violencia, la renuncia incondicional a la violencia en cualquier circunstancia es, o una pose, o una sobrevaloración irracionalmente demencial de la razón, o una altiva indiferencia frente a la persistencia de un sufrimiento evitable.”
Hipótesis de la Escuela de Yale

Para los etólogos, la agresividad es pulsión autónoma y no simplemente manifestación reactiva del organismo. Pero según la hipótesis de la Escuela de Yale, hay relación causal entre la frustración y la agresión; ésta supone siempre la existencia de aquélla; la agresión sería, en consecuencia, de índole reactiva; cada vez que se impide una conducta cuyo fin es obtener placer o evitar dolor, se origina una frustración, que a su vez despierta agresión contra las personas o cosas que se tienen por causantes de la frustración.
Basándose en nuevas investigaciones, los autores de esta hipótesis la reformularon, reconociendo, entre otras cosas, que es efectivamente cuestionable suponer, como habían supuesto, que de resultas de la frustración se origine siempre alguna forma de agresión. La frustración es estímulo para la agresión, pero no es el único estímulo.
Reconocieron, además, los científicos de Yale, no haber distinguido bien en su hipótesis entre la suscitación o excitación de tendencias agresivas y la manifestación real de la agresión.
Utilidad de la agresividad

La agresividad, cuando no es destructiva ni violenta, es biológicamente útil. Si no fuésemos agresivos, tiempo ha que nos habríamos extinguido como especie. Ocurre, sin embargo, que el homo sapiens ha llegado a ser homo brutalis. La suya es, por tanto, como diría Fromm, agresividad maligna y necrofílica, despiadada y brutal.
La brutalidad, dice Hacker, parece ser el lema de nuestro tiempo. Tanto la aplicación crudelísima de la violencia brutal como la habituación indiferente a la brutalidad como suceso diario se hacen cada vez más frecuentes. Mejor dicho, ello ya es, y uso el neologismo de Marías, una solencia.
La violencia suele combatirse con la violencia (otra solencia, dicho sea de paso). Error de bulto, según Hacker. A juicio de este autor, la violencia no puede ser neutralizada con éxito por la violencia, sino por la identificación y el conocimiento de las circunstancias y condiciones que engendran la violencia, y por la eliminación de las mismas.
Reparos

En la obra de Hacker, generalmente estimable y de lectura provechosa, el autor no para mientes en la antropología cultural de la violencia. No se ha detenido a preguntarse —debió— por qué hay culturas más violentas que otras. Compense el lector la falta leyendo La Naturaleza de la Agresividad Humana de Ashley Montagu.
Por otra parte, que la privación de estímulos, como demostraron Dexton, Herron y Scott en 1954, sea desorganizante y enloquecedora para el ser humano, es hallazgo de validez posiblemente general en Occidente; pero en otros sitios no es así; al menos en el Tíbet no lo es. Convénzase el lector de ello consultando el libro de Alexandra David-Neel, Místicos y Magos del Tíbet. Los ermitaños del Tíbet, no obstante aislarse durante varios años, no se trastornan; y eso que algunos cumplen el aislamiento a obscuras. ¡A obscuras! ¡Hay que ser tibetano para semejante proeza!
El capítulo final, que Hacker titula “El inexistente capítulo final”, amalgama convicciones personales, confesiones, ideales, recomendaciones y buenos deseos; es un ponche servido con no poca declamación.
Sin embargo, repito, la obra de que se trata es valiosa, y también la de Fromm. Ambas son, a mi ver, de lectura obligatoria.
La compulsión de matar

En los primeros ciento cincuenta años de los últimos doscientos, en el Occidente civilizado —supuestamente civilizado—, la principal ocupación del hombre ha sido matar. Cada minuto, un ser humano ha dado muerte a otro ser humano. En los últimos cincuenta años, la pausa entre una y otra muerte violenta se ha reducido a un tercio; es decir que actualmente cada veinte segundos un hombre mata a otro hombre.
Lewis Richardson, en su libro Estadística de las Querellas Morales, calcula que entre 1820 y 1945, fueron muertos cincuenta y nueve millones de seres humanos en guerras, ataques homicidas y otras luchas fatales.
Considerando, pues, la destructividad, la brutalidad y la estupidez de la especie humana, yo comparto la opinión de Lorenz de que es inútil seguir buscando el eslabón perdido, porque el eslabón perdido somos nosotros.
“Si yo creyera —dice Lorenz— que el hombre es la imagen ‘definitiva’ de Dios, entonces no tendría mucha confianza en Dios.”
Habrá que pensar, en consecuencia, como ciertos gnósticos, que a nosotros no nos creó Dios, sino el Diablo, en un momento en que Dios estaba descuidado.
Nuestra incomparable diabolicidad

Somos, pues, diabólicos, y manifestación palmaria de ello es nuestra perseverancia en el error. Bueno fuera, o mejor dicho, no tan malo, que sólo nos equivocásemos; pero no, cometida la equivocación, perseveramos en ella, persistimos en el yerro, en el desatino o despropósito, en la estupidez monda y lironda. Es que no tenemos servomecanismos verdaderamente eficaces; y para enderezar y componer nuestra conducta los necesitamos; porque con la sola razón y las buenas intenciones seguiremos como estamos, desmedrados.
Servomecanismo

Acaso los más de los lectores ignoren lo que es el servomecanismo. Convendrá, pues, noticiarlos al respecto.
Dícese servomecanismo del sistema electromecánico que se regula por sí mismo al detectar el error o la diferencia entre su propia actuación real y la deseada. (Servo-, del latín servus, siervo, esclavo, sirviente, es elemento compositivo que entra en la formación de palabras con las que se designan mecanismos o sistemas auxiliares.)
En el ser humano, la detección del error o de la diferencia entre la propia actuación real y la deseada, no motiva la corrección, salvo ocasionalmente, y en consecuencia el yerro o el desfase prosigue y la actuación empeora. Pareciera haber en nosotros vocación de peoría y no, como sería menester, ánimo de mejoría.
Suele decirse, repitiendo a Séneca, que es propio del hombre equivocarse (“errare humanum est”); y es cierto; sólo que siempre conviene agregar, como hacían los escolásticos, que es diabólico perseverar en el error (“perseverare autem diabolicum”).
La perseverancia en el error es una de las características más detestables del ser humano y una de las más peligrosas.
Como decía el fisiólogo francés Charles Richet, estar dotado de razón y ser insensato, es algo mucho más grave que no estar dotado de razón.
El hombre no es, pues, homo sapiens. ¿Y entonces qué es?

¿Qué es el hombre?

El hombre es un miembro del reino animal, del filum de los cordados del subfilum de los vertebrados, de la clase de los mamíferos, de la subclase de los euterios, del grupo de los placentarios, del orden de los primates, del suborden de los pitecoides, del infraorden de los catarrinos, de la familia de los hominoides, de la subfamilia de los homínidos, del género homo y de la especie stupidus.
“Todos los hombres —decía Mussolini— somos más o menos estúpidos. La cuestión es ser un estúpido ligero. ¡Dios nos libre de los estúpidos pesados!”
Nosotros y los antropoides

“Recientemente —dice José María Cabodevilla, en El Libro de las Manos—, tras un serio estudio comparativo entre el hombre y los antropoides, se ha demostrado que, de un total de 1065 rasgos anatómicos, sólo 312 son exclusivos del hombre, de tal suerte que las semejanzas entre nosotros y los monos antropoides con mayores que las que existen entre éstos y el resto de los monos.”
“Tanto ellos como nosotros somos primates, título mucho más insigne que el de simples vertebrados o simples mamíferos, pues ‘primates’ significa los primeros, los más sobresalientes, los Animales Principales.”
Si lo que Cabodevilla quiere decir es que tal primacía obedece al hecho de ser nosotros los que hacemos las mayores animaladas, entonces concuerdo plenamente con él. Nadie nos supera, en efecto, en la comisión de burradas. Somos, pues, los Animales Principales.
No solamente somos la única especie que no sabe convivir y que mata cada veinte segundos a uno de sus congéneres, sino que estamos empeñados —peligrosísimo empeño— en una creciente destrucción ecológica.
La incapacidad convivencial y la homicidiofilia, o mejor dicho, la homicidioerastia, son ciertamente terribles, pero la destrucción de todos los ecosistemas es de una demencialidad estupefaciente.

Presunción firme —muy firme— de Leakey

Richard Leakey, el gran paleontólogo de Kenia, tal vez el paleontólogo más famoso del mundo y cuyos hallazgos han sido sensacionales, ha publicado, en coautoría con Roger Lewin, el libro titulado Los Orígenes del Hombre. Entresaco de esta obra la cita siguiente, que contiene una presunción lamentablemente muy bien fundada y que dice así:
“Quizá la especie humana no sea más que un espantoso error biológico que se ha desarrollado hasta traspasar un punto en que ya no puede prosperar en armonía consigo misma ni con el mundo que la rodea.”
A una especie así lo único que le queda es extinguirse.
Esto no es pesimismo ni tampoco siniestrosis, como diría Pauwels. Esto es, sencillamente, la pura verdad. Aunque usted no lo crea.

Notas
1/ Sarah Blaffer Hrdy, antropóloga de Harvard, demuestra en su libro The Langurs of Abu, haber pitecocidio entre estos monos de la India. En efecto, cuando se produce el derrocamiento del jefe, el langur triunfante suprime a la prole del vencido. Siendo precario el desempeño de su jefatura, ya que hay siempre otros machos acechantes dispuestos a derrocarlo, el nuevo jefe, deseoso de cubrir cuanto antes a las monas, se vale del infanticidio para acelerar la reiniciación del estro en las madres criantes. Demoraría más, naturalmente, la reiniciación, si no fuese interrumpida la crianza.
Acabo de decir infanticidio, pero tal vez debí decir cachorricidio, porque infantes sólo hay en nuestra especie, que es la única que habla, y el infante todavía no, por eso se le llamó infans, que no habla, del latín in-. no, y fari, hablar. Sin embargo, Plinio llamaba infantes a los polluelos y cachorrillos, y seguramente también a los monitos. De suerte que decir hoy, como dije, infanticidio por cachorricidio, tampoco es despropósito.
Cachorro, dicho sea de paso, no sólo es el perro de poco tiempo; ésa es la primera acepción, pero la segunda dice: “Hijo pequeño de otros mamíferos, como león, tigre, lobo, oso, etcétera.”
He visto cachorrez en Benedetti, Montevideanos, 70, aunque todavía no hallo documentación de cachorricidad. De la misma manera, no logro documentar machicidad, pero sí machez, expresión constante en Américo Castro, Teresa la Santa y Otros Ensayos, 261.
Ítem más: Ortega y Gasset manifestó por ahí, refiriéndose a los seres humanos, que éramos medio bestias y, a la vez, cachorros de arcángel.
Pero retomando el asunto que originó esta nota: lo positivo y lo cierto es que el caso de los langures es excepcional, y la excepción, contrariamente a lo que se supone, no prueba ni confirma la regla, sino que la establece para las cosas no exceptuadas; ése es el verdadero sentido de la expresión latina exceptio probat regulam de rebus non exceptis; es decir la excepción establece la regla de las cosas no exceptuadas”.

2/ Y a propósito de misiles, he aquí una prueba más de la locura armamentista: según la revista Time, del 16 de julio de 1990, página 9, doce mil misiles nucleares (¡doce mil!) apuntan desde los Estados Unidos a Rusia. Uno solo destruiría completamente el Kremlin y todo lo que estuviese a seis kilómetros a la redonda.
¡Y después se habla de la paz y del desarme! ¡Por favor!
Otra manifestación palmaria del afán destructor y aniquilante del hombre es la siembra que ha hecho, en todo el planeta, de minas antipersonales. Nuestro planeta está minado y lo está extraordinariamente. Desminarlo demoraría … ¿sabe el lector cuántos años demoraría? ¿sabe cuántos? Pues sépalo de una vez y espántese: desminar la Tierra demoraría mil cien años. ¡Mil cien! ¡Sí, más de un milenio! El hecho produce estupefacción y sobresalto. En una palabra, pasmo.
La doctora Linda Lema Tucker, cuya versación en minas antipersonales es innegable, y a quien entrevisté en mi programa televisivo “A solas con Marco Aurelio Denegri”, el 24 de noviembre de 1998, me entregó dos trabajos muy importantes de su autoría sobre el asunto de que se trata. En uno de ellos, titulado “La humanidad y su condena a las minas antipersonales (MAP)”, se expresa como sigue:
“Se calcula que 110 millones de minas activas se hallan sembradas en 70 países, es decir, un artefacto explosivo por cada 16 niños o por cada 48 seres humanos en todo el planeta.
“Más de 1,400 personas mueren y 780 resultan mutiladas cada mes por acción de las minas esparcidas en todo el mundo. Se calcula que la erradicación total de los artefactos tendrá un costo de unos 33 mil millones de dólares, en un período de 1,100 años.
“Por cada mina que se retira se colocan 20 nuevas. El año pasado (1997) se retiraron 100 mil y se sembraron dos millones.
“Más de 25 países están actualmente en crisis a causa de las minas sembradas en sus territorios.
“En Angola y Camboya hay más minas que habitantes, y en Kuwait hay 280 minas por kilómetro cuadrado.
“Si 110 millones de minas antipersonales (MAP) están enterradas en 70 países, una cantidad equivalente está depositada en los almacenes de los países fabricantes. Semanalmente se fabrican 50 mil minas, es decir, cada minuto, 5 nuevas minas amenazan la paz del mundo. Son 35 países productores de minas antipersonales. Los más importantes son los Estados Unidos, China y Rusia.”
El otro trabajo de Linda Lema Tucker, muy informativo y bien documentado, como todos los de ella, se titula “Las minas antipersonales (MAP) en el Perú”. Recomiendo leerlo y también la lectura del artículo de Luis Gonzáles Posada, “¿Y las minas, Señor Presidente?” (La República, 29 de noviembre 1998, 22.)
Fuente: Ensayo de MAD con el mismo título.

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2 comentarios to “El asesino desorganizado (Ensayo de Marco Aurelio Denegri)”

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